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| 7D + 17-40; f/4; 1203s; ISO-100 |
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[...]
Se
acabaron para siempre los selváticos juglares
que alegraban las
majadas con historias y cantares
y romances peregrinos de
muchísimo sabor.
Para siempre se acabaron los ingenuos
narradores
de las trágicas leyendas de fantásticos amores
y
contiendas fabulosas de los hombres del honor.
¡Ya se han
ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas
ya no riman, ya no
cantan villancicos y tonadas
y fantásticas leyendas que
encantaban mi niñez.
Han perdido los vigores y las vírgenes
frescuras
de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras
de
veneros naturales de exquisita limpidez.
[…]
¡He
dormido en la majada! Blasfemaban los pastores
maldiciendo la
fortuna de los amos y señores
que habitaban los palacios de la
mágica ciudad;
y gruñían rencorosos como perros
amarrados
venteando los placeres y blandiendo los cayados
que
heredaron de otros hombres como cetros de la paz.
Yo quisiera
que tornaran a mis chozas y casetas
las estirpes patriarcales de
selváticos poetas,
tañedores montesinos de la gaita y el
rabel,
que mis campos empapaban en la intensa melodía
de una
música primera que en los senos se fundía
de silencios
transparentes, más sabrosos que la miel.
Una música tan
virgen como el aura de mis montes,
tan serena como el cielo de sus
amplios horizontes,
tan ingenua como el alma del artista
montaraz,
tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,
tan
suave como el paso de las aguas ribereñas,
tan tranquila como el
curso de las horas de la paz.
[…]
Yo
quisiera que vagase por los rústicos asilos,
no la casta fabulosa
de fantásticos Batilos
que jamás en las majadas de mis montes
habitó,
sino aquella casta de hombres vigorosos y severos,
más
leales que mastines, más sencillos que corderos,
más esquivos
que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo!
[…]
¡Más
poetas, más poetas! Los artistas inconscientes
que se sientan por
las tardes en las peñas eminentes
y modulan, sin quererlo,
melancólico cantar,
son las almas empapadas en la rica
poesía
melancólica y suave que destila la agonía
dolorida y
perezosa de la luz crepuscular.
[…]
¡Qué
reviva, que rebulla por mis chozos y casetas
la castiza vieja raza
de selváticos poetas
que la vida buena vieron y rimaron el
vivir!
¡Qué repueblen las campiñas de la clásica comarca
los
pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca
que con ellos tuvo
un día la fortuna de morir!
Los pastores de mi abuelo
José María Gabriel y Galán